Era un día lluvioso y muy ventoso cuando le conocí.
Como cada día me desperté semi temprano porque nunca me gustó eso de despertarme a las seis o siete de la mañana, nada se me había perdido a esas horas, el sueño siempre estaba en su mejor auge en ese intervalo de tiempo. No había por qué levantarse a esa hora. Eran las diez de la mañana, el fin de la mañana se acercaba, terminaba la franja del desayuno para dar pie a la del almuerzo. Había quedado con Jonás, el chico distraído de la oficina que siempre para concentrarse en sus asuntos simulaba tocar la batería. No lo hacía nada mal. Me arreglé, si por algún motivo podría denominarse en alguna realidad paralela que fuera así, como pude. De todas formas el tiempo había dado para todo el mes lluvias torrenciales y tormentas enormes; si iba a llover e iba a hacer tanto viento me pareció una pérdida de tiempo arreglarme más, tampoco es que fuera hecha una adefesio. Simplemente llevaba el típico moño de las marujas en fin de semana, y la primera ropa no muy arrugada y con un olor aceptable que encontré: un vestido verde de diferentes tonalidades. Sí, no me preguntéis por qué me pareció una brillante idea salir a la calle con vestido y viento, pero ahí estaba yo, luchando contra toda lógica. No es que sea una chica poco espabilada, es que no era uno de mis días… No, no es que tuviera la regla, es que estaba bastante empanada. Hay días que me levanto así, y otros que parezco Miss inteligencia, son pocos, la verdad.
Salí de casa con la pequeña mochila y el paraguas. Y ciertamente estaba muy empanada y hacía mucho viento, porque nada más salir del portal el paraguas voló cual pértiga por los aires y no lo volví a ver. Solo espero que no le ensartase ningún ojo u otra parte a nadie. Cualquier ser normal o común, con dos dedos de frente y con sentido de la lógica, hubiera subido las escaleras, se hubiera despojado del vestido chorreante, se hubiera secado y metido de nuevo en la cama, pero estamos hablando de mí, y de que estoy en ese día de empanamiento severo. Así que seguí hacia delante con tesón mientras el vestido se me pegaba a mí como una segunda piel y qué decir de la ropa interior. Además el viento soplaba en mi contra, ¿acaso ello haría que abandonara mis ganas de seguir y volviera para casa con cierta sensatez? Pues no, seguí, me sentía pletórica yo. Nada en aquel día iba a dejar que no llegara a verme con Jonás, después de todo, estúpidos de nosotros no teníamos el teléfono del otro y me sabía mal dejarle plantado. Porque daba por sentado de que él aparecería. Teníamos que tratar un asunto para entregarlo el lunes siguiente. Pero no llegó. Era un chico listo, en ese aspecto. Preocupado por su seguridad, por su vida, por su salud y su integridad. Llegué al bar en el cual nos citamos horas después y le pregunté a las camareras si le vieron, me miraron como si estuviera loca -no les culpo- y me dijeron que no. Me ofrecieron que me quedara allí hasta que pasara el tormentón con centellas y demás que había, pero para qué, ya estaba mojada qué más daba un poco más. La pulmonía del siglo ya estaba cosechada.
Una vez de nuevo en la calle desértica caminé de vuelta a casa, afortunadamente esta vez el viento no se anteponía ante mis planes de regresar a casa, sino que me empujaba ferozmente, como si estuviera ya harto de tratar conmigo -tampoco le culpo-.
Estuve caminando congelada durante un buen rato más hasta que vislumbré en la lejanía a alguien por primera vez en la calle, me pareció tan extraño que no pude evitar preguntarme qué hacía él o ella allí también, si también era otro ingenuo despreocupado en busca de la peor neumonía de su vida, o un triste infeliz. Me acerqué y no pude parar de pensar en los primeros minutos que lo observé tan de cerca y detenidamente de que sin duda se trataba de las dos cosas. Era un hombre alegre, recuerdo que pensé -y todavía hoy lo mantengo- que debió de haberse fumado o esnifado algo en altas cantidades y de mal estado y mezclando. Era un hombre de barba muy profusa, en cuanto a longitud y cantidad. Era bajito, vestía ropa hawaiiana y daba saltitos con un paraguas cerrado en la mano, ¡con la que estaba cayendo! En fin, quién soy yo para juzgar, que estaba muy empapada mirando cómo aquel hombre daba brinquitos como un cabritillo.
ㅡ¿Se encuentra bien?
ㅡEstoy fuera de casa, yipiiii.ㅡDesde luego a aquel hombre le faltaban tres mareas. Yo no debí de andar muy lejos en mi pérdida de mareas, si es que alguna vez las he tenido.
ㅡPerdone, ¿está bien? ㅡParó de dar saltos, me miró fijamente se llevó el dedo índice a los labios como callándome cuando ya estaba callada y abrió el paraguas y se metió.
ㅡ¡He vuelto a casa!
ㅡ¿Perdone?
ㅡQué raro, desde la ventana de mi salón estoy viendo cómo una mujer se está empapando en la calle. Pobrecita.
ㅡEscuche…
ㅡ¿A quién le habla? Es una pobre loca, la dama de la locura aguada. Si te toca te convertirás en sus lágrimas. Suerte que estoy en casa. ¿Y si le da por llamar a mi casa? Le diré que no estoy. Sí, eso servirá.
Tenía curiosidad por el trastorno que tenía aquel hombre, así que le seguí el juego y golpeé el paraguas con los nudillos levemente.
ㅡ¿Hay alguien?
ㅡNo.
ㅡ¿Y quién me responde?
ㅡNadieㅡ Soltó unas risitas dignas de cuando se es niño y se comete una trastada que realmente no es ni trastada. Suspiré, me pareció suficiente por hoy. Y volví a ponerme en camino. No duré mucho pues aquel hombre me siguió dando saltitos con el paraguas cerrado. Cada vez que lo miraba fijamente abría el paraguas y volvía a decir:ㅡ¡He vuelto a casa!
No hay comentarios:
Publicar un comentario