Voy a morir, y será pronto, lo sé.
Me miro en el espejo frente a mí y me dan ganas de llorar, pero tampoco es como si alguna vez hubiese sido capaz de hacerlo.
Demacrada, esa es la palabra que buscaba para describir cómo me veo. Pese a mi relativa juventud, parezco una anciana que padece una enfermedad terminal.
Pero no es una enfermedad lo que me está matando, sino ella.
Al principio todo nos iba bien. Siempre se acordaba de mí, venía a cuidarme, se quedaba a mi lado aunque estuviese haciendo cualquier otra cosa. Incluso me ponía música. Aunque no toda fuese de mi agrado, lo echo de menos.
Luego sus visitas se han ido espaciando, como si su vida se hubiese complicado, como si ya no le importase tanto. En parte la entiendo: nunca he sido una gran conversadora, ni llamo la atención en ningún sentido. Pero entenderlo no hace que no me duela.
Cielos, si ha llegado hasta el punto de pasar ante mí y ni tan siquiera mirarme, como si fuese invisible, ¿cómo no voy a sentirme triste?
He dejado de comer y he dejado de existir para la única persona a la que alguna vez le he importado.
Supongo que este es el final.
No hay comentarios:
Publicar un comentario