Fuera, el cielo se aclaraba, se asomaba lentamente el Sol trayendo consigo el ruido matutino: las voces de los tenderos que cantaban desentonando sus mercancías.
«Con el paso de las horas acabarán callándose y al callarse el precioso silencio volverá a gobernar mi salón, así mi prometedor y particular invitado, y quizás amigo, podrá descansar todo lo que necesite». Pensó para sí alguien, mas sus pensamientos se escucharon como palabras articuladas por toda la estancia.
El día dio pasó a la noche con la serenidad que le caracterizaba desde que no se celebraban ferias ni fiestas ya que tampoco había un motivo especial para hacerlo; y esto fue algo que muchos habitantes agradecieron, pues adoraban el silencio por encima de tanto innecesario sonido estridente.
El invitado inesperado se estiró sin abrir los ojos mientras emitía unos sonidos extraños. El señor de la casa le observaba reservadamente por miedo a que se asustara. No le importaba qué diantres fuera, pues estaba seguro de que nunca había visto a nadie con su apariencia, y en sus años de juventud había viajado por muchos sitios; a pesar de ello le gustaba en especial aquella aldea por la singularidad de sus cimientos y por lo abismales que eran sus bosques subterráneos, tenían una negrura bellísima que le recordaban a su existencia y de algún modo así se sentía uno con el medio. Pero por nada del angosto mundo, iba a destrozar aquel ecosistema conviviendo allí, así que investigando por los alrededores encontró aquella casa deshabitada, la cual ocupó sin ningún esfuerzo. De todos era sabido que los seres de su especie era mejor que vivieran en una casa, no eran seres de salir mucho fuera, así que no daban muchos sustos, y era siempre bueno tener a uno en una aldea, aunque fuera en una como aquella que no tenía muchas complicaciones.
Podía observar y escuchar cómo todas sus articulaciones resonaban después de tanto tiempo en la misma posición, cayó en la cuenta de pronto en que era un mal anfitrión pues no tenía a mano nada que él pudiera comer ya que estaba seguro de que no mantenían la misma dieta. Solo había que verle, él estaba hecho de algo distinto, cuando le rescató hará un par de días sintió un tejido suave y peludo, húmedo y oloroso; eran tan distintos... Sentía tanta fascinación por lo que se le pasara por la cabeza, seguro que se asustaría al verle, tal y como todos hacían por mucho que prometiesen no hacerlo. Las promesas ya no significaban nada para él, sabía que le dejaban estar en aquella casa por puro interés…
Por fin abrió sus ojos y vio cómo se agitaba en la manta dando vueltas de un lado a otro, se puso sobre cuatro de sus extremidades y comenzó a olisquear a su alrededor.
«¿Le gustará mi casa?». Pensó para sí, sonando nuevamente en toda la estancia sin recordar el efecto que producían sus pensamientos. Aquella criatura que le parecía tan misteriosa oyó aquellas palabras y buscó dando brinquitos inocentes pero precavidos por todas partes que hubo podido. Cuando hubo olvidado de dónde provenían las palabras se sentó y miró hacia donde el señor de la casa estaba, pero sin verle ni acertar a encontrarle. «¿Me estará mirando a mí? No, no lo creo, sino se habría ido ya hace tiempo. O hubiera pedido auxilio». En la primera sílaba aquella pequeña criatura se sobresaltó y comenzó otra vez a buscar, guiado por su instinto de la curiosidad y secundado por sus tripas. Soltó un gruñido extraño aunque no lo suficientemente extraño para que el señor de la casa no lo comprendiese. «Estoy y no estoy, mas no saldré; no quiero asustarte. Dime qué comes y yo mismo te lo traeré cueste lo que me cueste».
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