Sobre el muro negruzco provisto de musgo ahí estaba su silueta la más quieta, la más silenciosa, la más peluda que observaba el trajín de la noche como cada vez que salía en busca de su primer bocado en horas.
Era una noche fría y seca, de esas que te hiela el cuerpo entero por dentro, pero su cuerpo tan lleno de pelo no dejaba que nada calase sus huesos. Tenía el gusto refinado por el pescado, por las sobras, por las ciruelas que le manchaban el hocico y le pringaban las patitas; le gustaba saltar por encima de los charcos tentando a su suerte a riesgo de caerse y mojarse. Detestaba mojarse porque luego su pelaje olía a moho y no a mugre.
Exhalaba y su pecho se hinchaba, se estiraba hasta perder el equilibrio y despeñarse por el muro cayendo a gran velocidad contra un tejado mientras lanzaba quejidos angustiosos que sólo él entendía, que pensó que nadie jamás oiría.
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