El
gatito estaba triste. Su amo llevaba varios días desaparecido y, aunque le
habían dejado comida y agua, le echaba mucho de menos. Por eso no dejaba de maullar desconsoladamente por todas las habitaciones del piso, sin respuesta. Sólo
estaba uno de los compañeros, que le echaba sin demasiados miramientos de sus
dominios, pues el gato, para ser sinceros, podía ser un auténtico pesado.
Oyó
el tintineo de unas llaves en la puerta principal. ¿Era posible? Se puso
nervioso y empezó a moverse de un lado para otro del pasillo, expectante.
Cuando
vio al muchacho aparecer, se lanzó a sus piernas con tanta rapidez que casi hizo que cayese al suelo. Él cogió al pequeño gatito blanco en sus manos y sonrió mientras lo
acariciaba. El gato se puso a jugar con las puntas de su cabello que se habían
soltado de la coleta que solía llevar.
-Sí,
sí, yo también te echaba de menos.-susurró, rascándole la barbilla, arrancándole suaves ronroneos con el gesto.
Lo
llevó consigo mientras entraba a su cuarto. Estaba hecho un desastre, para
variar... una lástima que las cosas no se ordenasen solas.
Dejó
caer la mochila sobre la cama, ya abarrotada de trastos. No pudo evitar un
arranque de tos, y procuró sujetar al animalito para que no cayese.
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