No consigo apartar la mirada del termo junto a mi mano izquierda. Está vacío, como lo está mi cabeza, salvo por una pequeña pero sustancial diferencia: puedo ir a hacer más café, pero es más complicado eso de bajar al supermercado a comprar ideas.
Y sí, lo sé, sé que estoy haciendo nada y menos cuando quería hacer mil cosas, mil cosas que debería estar haciendo en lugar de mirar al termo y convertirlo en metáfora. Pero todas esas cosas que quería hacer han desaparecido de mi cabeza.
La voz rebelde, la que siempre está causando el caos en la sociedad de voces de mi córtex cerebral, es la responsable, y admitámoslo, no es la primera vez.
Las otras voces se han reunido en la Plaza Prefrontal para criticarla. Suspiro. Tras mucho luchar, decidí aceptar a cada una de ellas como lo que es.
Culpa y Tristeza sólo lloran cada vez que alguien menciona este incidente, Ira da detalles sobre todas las formas que se le ocurren para matarla. Miedo se dedica a chillar y Ansiedad le pega una patada mientras trata de controlarse. Unas cuantas más susurran en las esquinas, sin dejarse ver.
Todas hablan pero, como viene a ser habitual últimamente, ninguna propone una solución.
¿Ah, sí? Pues se acabó.
Por una vez, quizá la primera que se quede registrada en mi memoria, seré yo la que solucione este problema. Es por eso que la voz rebelde encontrará a su regreso la puerta a mi mente cerrada, con un cartel indicando su desahucio. Sí, es cierto, eso no garantiza que recupere las ideas robadas, pero me las apañaré, y en el peor de los casos siempre puedo crear algunas nuevas. Sea cual sea el caso, esa voz se queda fuera.
Porque ya ha vivido en mi interior lo suficiente como para que acepte la verdad.
No la quiero en mí, y no le permitiré regresar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario